
Víctimas del espanto, los cien mil chinos histéricos arrojaron por los aires sus cámaras de fotos y, antes de salir corriendo despavoridos, estallaron en un grito unánime que hizo resquebrajarse el cielo.
¿Cómo puedo echarlo? Tal vez metiendo cosas. Pero el vacío acabará por devorarlas. Tiene mucha hambre. Si le arrojo un pensamiento ajeno, se lo tomará para cenar. Si le lanzo un poema, lo atrapará de inmediato con sus afilados dientes y lo masticará hasta que desaparezca.
Lo bueno del vacío es que no ensucia demasiado mi territorio mental, más bien al contrario, lo limpia. En eso debo estarle agradecido, porque hay otros inquilinos, como la alegría o el miedo, que destrozan el mobiliario cuando aparecen.